VIOLÍN NEGRO EN ORQUESTA ROJA

(Javier Pérez)

 

     Dice Solzhenitsin en su archipiélago Gulag que fue cerca de Moscú, pero otros cuentan que fue en Kiev, y otros sitúan los hechos en Lugansk.

El caso es que, fuera donde fuese, se estaba celebrando una conferencia de distrito del Partido y la presidía el nuevo secretario del Comité Regional, justo después de que su antecesor fuese encarcelado. La conferencia concluyó con una resolución política de apoyo a las directrices del camarada Stalin.

          Como era de esperar, todos los asistentes se pusieron en pie y prorrumpieron en aplausos para que resolución no se aprobase por unanimidad, sino por aclamación. La ovación fue tremenda.

Tres minutos, cuatro minutos, cinco minutos, y el aplauso seguía manteniendo su energía, aunque comenzasen a doler las palmas de las manos y a entumecerse los brazos. A los siete minutos, los más mayores comenzaban a quedarse sin aliento.

          Seguramente la mayoría pensaba que aquello era una estupidez, ¿pero quién sería el primero que se atrevería a parar? Quizás hubiese podido hacerlo el nuevo secretario del Comité Regional, que estaba en la tribuna y que acababa de dar lectura a la resolución, pero él estaba allí en lugar de un tipo al que acababan de encarcelar por falta de entusiasmo. ¡Y en la sala había miembros del NKVD aplaudiendo de pie, y controlando quién paraba primero!

          Así que los aplausos siguieron. Ocho minutos. Diez minutos. ¡Ya no había remedio!¡Estaban perdidos! ¡Eran hombres muertos! ¡Ya nadie podría parar hasta que se derrumbase de un ataque al corazón! Los del fondo por lo menos podían simular que aplaudía, pero en las primeras filas no había modo de escaquearse.

          Diez minutos.

El director de la fábrica de papel de la ciudad miró a su alrededor viendo cómo podía pararse aquello, pero no encontró ningún aliado. Estaban todos dispuestos a aplaudir hasta que los tuviesen que sacar de la sala en camilla.

En el minuto once, el director de la fabrica de papel sonrió a los presentes, dio las gracias, y ocupó su asiento en el estrado.  Así se produjo el milagro: todos dejaron de aplaudir y volvieron a sus sillas.

          Parecía que todo se había arreglado, pero era justamente lo contrario:  así es como se ponen en evidencia los hombres independientes. De esta manera los eliminan.

          Aquella misma noche el director de la fabrica fue arrestado. Lo condenaron a diez años por cualquier otro motivo, y cuando aceptó su sentencia, el juez que lo condenó le dijo:

          —¡Y nunca sea el primero en dejar de aplaudir!

          Mala suerte compañero. El engranaje de la estupidez tiene los dientes muy duros.


I

 

          —Los que se dejan llevar por la corriente van siempre hacia abajo —dijo Göring con  gesto irónico.

          —De acuerdo. ¿Pero quién convencerá al agua de que suba las escaleras? —repuso Hitler.

          El Führer había hablado y todos callaron. Por lo común era él quien trataba de encender los ánimos del resto, tachando de derrotista a quien opusiera argumentos materiales a sus arranques de voluntarismo, pero aquel día prefería ser la voz de la prudencia. Ya no se trataba de ensayar discursos, sino de enfrentarse a los hechos: en España se acababa de desatar la guerra y todos sabían que ese era sólo el preludio de lo que vendría luego.

          —Era inevitable —recapituló Ribbentrop, que gozaba de la simpatía de Hitler tras su triunfo al lograr firmar con los ingleses el acuerdo naval que permitía a Alemania reconstruir parte de su flota.

          —Mejor ahora que más tarde —se sumó Göring—. Al menos ahora podremos saber cuales son las intenciones de cada cual y jugar nuestras cartas en consecuencia.

          Hitler se levantó de su asiento y comenzó a pasear por el salón, marcando con sus pasos el ritmo del silencio. Todos aguardaban lo que tuviese que decir, pero Hitler también dudaba. El consejo de ministros solía durar un par de horas, pero aquella mañana llevaban reunidos desde las ocho y ya eran casi las doce. Los asuntos nacionales habían ocupado los primeros cuarenta y cinco minutos y desde entonces sólo se discutía el laberinto internacional.

          La situación era muy delicada para Alemania y no había una solución que pudiesen considerar buena. Tras el impago de las reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles, las potencias aliadas, encabezadas por Francia y Gran Bretaña, estrechaban el cerco en torno al régimen nazi, amenazando al país con una nueva invasión como las que ya tuvieran lugar menos de diez años antes. Para los nazis era de vital importancia impedir que se repitiese aquella humillación, que daría al traste con toda su credibilidad ante la población, pero no contaban con armas ni mucho menos con un ejército preparado para enfrentarse a las fuerzas aliadas. Su debilidad era tan extrema que hasta temían un ataque preventivo por parte de Checoslovaquia, como advertían algunos informes de inteligencia.

          Sin embargo, la guerra de España podía concederles el tiempo que necesitaban para incrementar su potencia militar, y sobre todo la ocasión de demostrar que el verdadero enemigo era el comunismo soviético, ansioso por extender la revolución proletaria a toda Europa.

          —Los ingleses, sobre todo, no apoyarán a la República en España —aseguró Ribbentrop—. El caso de Francia es más complicado, pero creo que tampoco pasarán de las buenas palabras. Temen la victoria de Franco, que puede fortalecernos a nosotros, pero temen también la victoria de los republicanos, que ya no son tales, sino una amalgama de milicias revolucionarias y sindicales deseosas de echarse en brazos de Stalin. Para ellos, ningún bando es bueno.

          —Para ellos ninguno es bueno, cierto. Pero lo importante es saber a cual de los dos consideran peor, porque el escenario se repetirá en el futuro —apostilló Göring.

          —Los ingleses, sin duda, detestan más la idea de una revolución. No olvidemos que Marx escribió sus tesis pensando en Inglaterra, su concentración industrial y sus masas obreras —repuso Ribbentrop.

          —No lo creo —terció Hjalmar Schacht, ministro de economía— Los ingleses detestan la revolución o la apoyan según quién la haga. Y creo, señores, que los ingleses desprecian a los rusos y nos odian a nosotros. No pierdan de vista esa idea.

          Goebbels tamborileó con los dedos sobre la mesa. Hasta ese momento había estado tomando notas y las había convertido en un esquema, como era su costumbre.

          —Estoy completamente de acuerdo con el Doctor Schacht. No debemos fiarnos demasiado del sentido del orden británico. Es cierto que temen a los rusos porque no quieren que Stalin extienda su revolución proletaria, ¿pero qué demonios producen los rusos? Los ingleses detestan por encima de todo la competencia, que les hace perder dinero. Si hay una revolución pueden lanzar su ejército contra ella, pero no es tan fácil luchar contra la competencia de nuestras fábricas, que producen más y mejor que las suyas, y eso seguramente los inducirá a ir a la guerra contra nosotros y no contra los rusos. La única ideología de los ingleses es el enriquecimiento y por eso les estorbamos más nosotros que los soviéticos.

          —Inglaterra es, en cierto modo, un país hermano —trató de suavizar Hitler.

          —Los ingleses son sólo hermanos de su billetero y padrastros de lo que puedan saquear —insistió el ministro de Propaganda—. En cuanto a España, y para mantenerlos calmados por un tiempo, creo que hay que aprovechar la ocasión. Mi opinión es que, en el actual estado de las cosas, debemos intervenir en España para demostrar que somos un freno contra el comunismo.

          —¿Y qué tal si nos olvidamos del asunto y demostramos así que nuestra prioridad es la paz? —propuso Hess, siempre conciliador.

          Hitler hizo un gesto negativo con la cabeza.

          —Tú entiendes paz, pero ellos entenderán debilidad — sentenció—. La cuestión es que los aliados quieren utilizarnos como punta de lanza contra los soviéticos, y Stalin espera, entre tanto, que nos enfrentemos a Francia e Inglaterra para poder lanzar luego su ejército a la conquista de Europa entera. Los aliados de Versalles y los soviéticos son enemigos irreconciliables, pero nosotros estamos en medio. Si participamos en la guerra de España, queda claro que nos ponemos en contra de los soviéticos... ¿Nos interesa semejante opción cuando son los soviéticos los únicos que están apoyando nuestro rearme?

          —En contra de los soviéticos, sí, pero no de parte de británicos y franceses —matizó Goebbels—. Tanto los rusos como los aliados apoyan, en teoría, a la República. Los rusos por razones ideológicas y los aliados por esas tonterías de la legitimidad democrática que tanto les gusta pregonar y que tan malamente aplican en sus colonias. Apoyar a Franco supone, en realidad, enfrentarse directamente con los rusos haciendo el trabajo sucio a los aliados, que no quieren, ni locos, que en España venzan las milicias comunistas. Porque se trata, en realidad, de una guerra entre milicias comunistas y un ejército nacionalista. Venza quien venza, la democracia no volverá. Y lo saben.

          —Pero vayamos a lo que importa: yendo a España, ganamos tiempo —sentenció Göring.

          —Los aliados no vendrán contra nosotros mientras les sacamos las castañas del fuego en  España—se sumó Ribbentrop.

          —El peligro está en que nos ataquen los rusos —advirtió Hess.

          Goebbels negó con vehemencia.

          —Stalin no renunciará a la idea de usarnos como ariete contra las potencias occidentales. España es una pieza demasiado lejana para él como para jugarlo todo a esa carta. Hagamos lo que hagamos en España, Stalin esperará a que se desate la guerra entre nosotros y los aliados. Y esa guerra es la que hay que retrasar todo lo que se pueda. Si ahora lanzan una invasión contra nosotros, como la de los años veinte, no podremos hacer nada para detenerlos. Incluso si los puñeteros checoslovacos nos atacan por el sur lo pasaremos mal.

          Hitler se golpeó la mano izquierda con el puño derecho.

          —¡Iremos a España!—decidió.


          II

 

          Evgeni Manchev también iba a ir a España.

          Se lo habían presentado como una recompensa por la magnífica labor realizada en Ucrania y estaba convencido de que, aunque no fuera una promoción directa, se trataba de una gran oportunidad para ascender en la siempre dura escalera del Partido.

          En España había mucho trabajo por hacer. Los fascistas habían conseguido algunos triunfos, pero carecían casi completamente de industria y las masas obreras permanecían fieles a la República. El problema residía en que dentro de la República había multitud de facciones, y no todas afines al comunismo.

          Estaban por un lado los defensores de la democracia y la legitimidad institucional: a esos había que usarlos como escaparate para que diesen la cara frente al mundo, pero manteniéndolos apartados de cualquier resorte de poder. No eran más que una manada de burgueses y mequetrefes, parásitos de las clases obreras, que renunciaban temporalmente a una parte de sus privilegios a la espera del momento en que fuera posible regresar al viejo orden. Ya se les ajustaría cuentas más tarde, como sucedió en la Unión Soviética con los mencheviques.

          Por otro lado, estaban los anarquistas, casi todos trotskistas peligrosos y gente sin ningún sentido de la organización. Los anarquistas eran una peste casi peor que los fascistas y había que emplearlos como fuerza de choque para que se desgastasen en el frente y poder aniquilarlos con facilidad después de la victoria. O incluso antes, si era necesario.

          Había también grandes grupos socialistas y sindicalistas, gente tibia y sin coraje que lo único que pretendía era seguir mendigando mejores condiciones a los patronos burgueses y capitalistas, sin tomar en sus manos los medios de producción. Esos no quería la revolución, sino una versión edulcorada y corrupta del capitalismo que decían detestar.

          Contra todos esos, y algunos más, tendría que luchar organizando las células comunistas y creando la columna vertebral de un verdadero ejército popular, recio, disciplinado y sin complejos, que emplease a fondo en España la escoba del proletariado.

          Estaba seguro de que encontraría resistencia. Tanta o más que en Ucrania, porque los españoles eran gente terca, supersticiosa y aferrada a su miseria de pequeños campesinos propietarios. Como los malditos kulaks. Y los trataría igual que a los malditos kulaks que saboteaban las cosechas para matar de hambre a los obreros de las ciudades: sin piedad. Al enemigo se le doblega, y si no quiere doblegarse, se le extermina.

          Seguramente habían pensado en él para ir a España por eso: por su dureza con los enemigos de la revolución.

          Llevaba cinco años recorriendo los pueblos y los campos de Ucrania en busca de las cuotas de alimentos que los campesinos se negaban a entregar. Al principio se rebelaban, pero poco a poco se habían ido convenciendo de que era inútil toda resistencia, y en lugar de enfrentarse abiertamente con los agentes del NKVD , quemaban sus propias cosechas o mataban los animales de trabajo para no entregarlos a los koljoses.

          Todo había empezado en el 29, cuando él apenas tenía veinticuatro años. En aquel momento Stalin decidió la colectivización total de las tierras, el ganado y la maquinaria, acabando con los privilegios de los kulaks, los campesinos ricos que mantenían en su poder los mejores terrenos y no cumplían jamás con las cuotas que se les exigían. Las revueltas con que se resistieron los kulaks fueron tantas y tan continuadas que hubo que echar mano entonces a brigadas de obreros industriales, armados a toda prisa, para someterlas. Los kulaks se vengaron matando veinte millones de caballos, más de la mitad de todos los que había en el país, para privar al ejército de monturas y para impedir que las tierras fuesen explotadas por los campesinos pobres a los que se les habían asignado. ¡Valientes miserables!

          Como respuesta, y también como escarmiento, se deportó a distintos lugares a tres millones de personas. Eran tantos que no había medios de transporte para todos y a algunos se les dejó en medio de la estepa. En sólo dos meses, habían muerto quinientos mil, pero no fue bastante. Quizás aquel hubiese sido el momento de matarlos a todos.

          Manchev detuvo sus pensamientos para liarse un cigarrillo. Luego lo encendió, mirando las últimas luces del horizonte. Ucrania sería la mejor tierra del mundo si no fuese por aquella maldita gente que la poblaba.

          Las cosas parecieron calmarse después de las deportaciones de 1929, pero el mal ya estaba hecho y, dos años después, en el 31, comenzaron las hambrunas por todo el país, llevándose por delante a millones de personas inocentes. Los obreros de las ciudades se extenuaban trabajando y no tenían nada que llevar a sus familias, y todo porque aquellos malditos campesinos no estaban dispuestos a trabajar una tierra que ya no consideraban suya. Su idea estaba clara: cultivar lo justo para comer ellos, esconderlo, y matar de hambre a los proletarios de las ciudades hasta que el comunismo entero se desmoronase por hambre.

          Fue una suerte entonces contar con un líder decidido como Stalin. Desde Moscú se ordenó que se requisase cualquier cantidad de comida que se encontrara, y que si alguien debía morir de hambre, fueran los campesinos. Y así sucedió: murieron por millones, y cuando los graneros de las ciudades estuvieron llenos y el abastecimiento de los obreros garantizado, siguió la requisa para exportar el grano y dar una lección a los kulaks. Aún así, al enterarse de que se les requisaría la cosecha, los campesinos comenzaron a quemar los campos de trigo y a enterrar el grano antes que a entregarlo.

          Los líderes locales, en lugar de cumplir con las instrucciones que recibían, se pasaron en muchos casos al bando de los kulaks, y ahí fue cuando le llamaron a él para poner orden y reprimir la traición. Detuvo a cientos de comisarios locales, secretarios, subsecretarios y miembros del Partido a los que les temblaba la mano al aplicar la ley a sus vecinos. No tuvo piedad con ninguno: se les detenía en sus casas, en sus oficinas, en las calles incluso. Se registraban sus graneros y se encontraban las pruebas de los complots que organizaban junto a otros traidores, aunque escondieran los papeles en los tabiques de sus casas o en el ataúd de un hijo muerto, como había sucedido en una ocasión.

          Y así fue hasta agosto del 32, cuando entró en vigor la llamada Ley de las Cinco Espigas, que condenaba a diez años de trabajos forzados en Siberia a quien destruyese o dañase la producción o los medios productivos. En tres meses fueron fusiladas cien mil personas, pero ni aún así se llegó a la cuota requerida de cereal. Ni siquiera a la mitad.

          La situación se volvió tan grave que en Octubre de aquel año enviaron a Molotov al frente de una comisión extraordinaria para poner orden. Molotov fue quien le puso a él al frente de una brigada especial y quien le dio carta blanca para reprimir a los kulaks como mejor le pareciese.

          Y eso había hecho desde entonces, hasta amansarlos. Detenido tras detenido, fusilado tras fusilado, deportado tras deportado, hasta que los campesinos perdieron cualquier esperanza de salirse con la suya y empezaron a cooperar. Desde entonces, en menos de cuatro años, la producción se  había duplicado.

          Y así sería también en España. Porque la situación de España era muy similar a la de Ucrania, con la turba campesina enfrentada a la clase obrera de las fábricas: los fascistas contaban únicamente con el apoyo de los campesinos propietarios. Por tercos y orgullosos que fueran,  los verdaderos proletarios acabarían con ellos desde el mismo momento en que lograsen la unidad de acción. Los malditos campesinos no podrían, tampoco en España, resistir el empuje de las clases trabajadoras y tendrían que ver colectivizadas sus tierras para destruir de una vez por todas la raíz de las desigualdades.

          En España sería fácil: organizar un verdadero ejército, vencer a los fascistas y ajustar luego cuentas a los tibios y a los traidores a su clase.

          Manchev dio la última calada a su cigarrillo y se dispuso a volver a la isba donde dormía aquellos días. Entonces vio que un camión se acercaba por el camino. Tenía las luces encendidas y levantaba una gran polvareda. Un soldado le hizo señas desde la parte de atrás. Manchev fijó la vista, pero no consiguió reconocerlo. De todos modos, devolvió el saludo.

          —¡Evgeni Mijailovich!, ¿cómo te va? —gritó el soldado cuando el camión se hubo detenido junto a la isba.

          Un par de soldados salieron de la construcción a averiguar quién se había acercado, pero al ver a Manchev charlando con los ocupantes del camión regresaron a sus asuntos.

          —¡Viejo zorro, me alegro de verte! —gritó el conductor, dando una palmada en la espalda a Manchev.

          —¿No te acuerdas de mí? Soy Yasnaiev. Estuvimos juntos en Kolnovo, cerca de Kiev... —gritó un tercero.

          Manchev frunció el ceño, mirando más detenidamente a los tres hombres. No le dio tiempo a nada más: el conductor le tapó la boca mientras el que iba en la parte trasera le puso una bayoneta junto al cuello. El tercero lo subió casi en vilo a la parte trasera del camión.

          —¡Vamos a beber una botella! ¡Estamos aquí al lado, junto al río! —gritó uno de ellos por si alguien salía de la isba.

          Manchev intentó gritar, pero no pudo. Acababa de ser víctima del mismo engaño que tantas veces había practicado con los incautos de los comités locales, que ni siquiera sospechaban que nunca más verían los suyos.

          El camión siguió rodando durante horas por un camino que nadie podía saber si tendría final o no.

 

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El secuestro del candidato

 


 

Ujavier Pétez, Plaza del Grano, León

El autor en la Plaza del Grano, León.

 

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